Sobre Javier Aranda, su universo y la ternura que emana
Este año he tenido el privilegio —y lo digo con emoción real— de ver, casi seguidos, los tres espectáculos que, hasta ahora, conforman la obra de Javier Aranda. Primero fue Saeta en la Fira de Lleida y luego Vida y Parias en el Teresetes de Mallorca. Tres obras que están unidas por la maestría de un titiritero que teje un hilo invisible de puro teatro y pura poesía, con una humanidad y humildad desbordante, y una puesta en escena, tan sencilla, que rasga el alma.
Cada vez que veo una obra de Javier, me siento como ese niño que quiere que le lean el cuento una y otra vez; me genera una emoción que va floreciendo con sus detalles más simples y bellos
En sus espectáculos se repite una magia difícil de explicar, que te vuelve a tocar en lo más hondo. Y no por nostalgia barata ni por trucos teatrales o simple admiración. No. Lo que consigue Javier es arte de verdad, como ese duende flamenco. Un teatro que te lleva, sin pedir permiso, a tu infancia, a tus pérdidas, a tus miedos, a tus fracasos y a tus anhelos más puros. A lo que somos cuando dejamos de fingir.
El titiritero que se vuelve títere
Hay algo muy auténtico en ver a un titiritero que deja de manipular, para ser manipulado. Convertirse en el títere de sus propios títeres. Y lo hace con una ternura que no puede ocultar, de padre. Lo ves en cada gesto, en cada palabra, en los besos que lanza a sus muñecos, en la forma en que los cuida, como si fueran parte de él. Porque lo son.
En Javier hay una integración total entre el creador y sus personajes. Una fusión que desdibuja los límites entre el actor, el titiritero, el títere y el público. Y eso no se ensaya, se vive. Se llegan a presenciar momentos sagrados, mágicos, en que los asistentes olvidan al titiritero y solo ven al ser que nace en escena.
Vida es una obra maestra, un homenaje bellísimo, delicado y vibrante a su madre: una poesía a lo que nace, a la existencia que se abre paso con ternura, amor y rebeldía adolescente. Hay un instante sublime en Vida que me gustaría resaltar, un momento culmen en el que un trozo de cartón, en manos de Javier Aranda, deja de ser títere para convertirse en ser humano. Javier ayuda al joven adolescente a volar, a evadirse de su realidad, y le permite alejarse de sus seres queridos para vivir la vida como el quería, subidón.
Parias, en cambio, es un puñetazo escénico. Aquí no hay concesiones: es un descenso macarra y fascinante al inframundo de los marginados, esos seres olvidados a los que, sin querer, acabamos queriendo. Incluso se permite lo imposible: el títere que degüella al titiritero, el rizo del rizo/rizar el rizo en el metateatro.
Y finalmente está Saeta, un viaje íntimo y desgarrado hacia el abismo de la muerte, pero también un homenaje sereno, casi litúrgico, a su padre. Lo que en otros contextos sería desecho, aquí es origen. Y lo que parecía pérdida, se transforma en memoria. Una obra donde Javier, vuelve a romper las convenciones del teatro tradicional, y donde, como actor, da cuerpo a lo invisible y permite que las voces dormidas emerjan para arrastrar al espectador a una frontera difusa donde la vida y la muerte se confunden.
Tres obras. Tres universos. Tres formas de demostrar que el teatro puede ser, a la vez, herida y consuelo. Todos sus espectáculos cosecharon un éxito clamoroso, merecido y necesario.
Lenguaje propio, oficio y don
Admiro profundamente a Javier, no sólo por su trabajo y talento, sino por su humildad. Por cómo consigue, con lo mínimo, contar lo máximo. Por su virtuosismo como ventrílocuo, sí, pero también por esa capacidad de mirar al público y abrirle una puerta a otro mundo. Ha creado una forma de hacer teatro muy personal y reconocible, pero siempre sorprendente. Una que, sin necesidad de escenografías aparatosas ni adornos innecesarios, nos coloca ante lo esencial: la emoción viva, directa, intransferible.
Y ahí está su don. No hay improvisación sin oficio, no hay magia sin técnica. Pero cuando el arte aparece, todos los ensayos, penas y esfuerzos desaparecen. Solo queda la emoción.
Su teatro no es para la evasión (como en la televisión), es para el encuentro, con uno mismo. Tiene esa capacidad de sembrar delicadeza donde todo parece ordinario, de dotar a un trozo de cartón o tela de más alma que la poseída por muchos actores o actrices. Y esa es la grandeza del arte de los títeres: el poder hacer cosas que en la vida real, ni los efectos especiales pueden lograr.
Javier construye desde lo que otros solo ven como caos y desorden. El recuerdo, la ternura y la locura son los utensilios que utiliza para llevarnos a ese universo donde nos cuenta historias humanas, tan cercanas como desgarradoras.
Un titiritero amado por sus títeres. Y por su público.
Hay momentos en sus espectáculos en los que ya no sabes si Javier, el titiritero, llora o ríe. Hay un punto esquizofrénico, pero a la vez, profundamente familiar. Porque la vida es así: una mezcla de lágrimas y carcajadas, de ternura y brutalidad. Y Javier lo sabe mostrar sin discursos ni moralinas.
Como espectador, es un regalo del destino haber cruzado mi camino con el suyo y ser testigo de su obra. Como amigo, me siento emocionado. Como director artístico de un festival comprometido con la verdad escénica, sólo puedo decir que ojalá el teatro siga habitado por creadores como Javier Aranda.
Gracias, Javier, por recordarnos que el teatro, de verdad, es pura emoción y por volver a unir esos puentes que me conectan con el niño que tengo guardado, y a veces, olvidado.
Alberto San Andrés 20/05/2025


